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Hacia los confines del mundo

Hace poco tuve el privilegio de leer Hacia los confines del mundo, de Harry Thompson. Y digo privilegio porque se trata, en opinión de todos los que lo han leído, en una verdadera obra maestra de la literatura contemporánea. Casualidad o no, ya que este año se cumple el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin, el libro relata, en parte, el periplo del naturalista por tierras americanas y su posterior estancia en las Islas Galápagos. Para ser más preciso, Hacialos confines del mundo narra la historia del intrépido capitan Robert Fitzroy, reputado marino inglés que capineaba el Beagle durante dicha travesía. Fitzroy, marino ilustrado, científico y hombre religioso, amén de atormentado por una misteriosa dolencia, es el verdadero protagonista del libro. Olvidado en su tiempo, podría decirse que marginado en su época por sus heterodoxas opiniones científicas respecto a la meteorología, vivió una vida dura pero intensa, sobre todo durante su periodo como capitán del Beagle.
Verdadero héroe, intentó evangelizar Tierra de Fuego a través de dos nativos que llevó a Inglaterra para que fueran educados en la fe anglicana. Esta tentativa fracasó, pero resulta sobrecogedor comprobar la familiaridad y el afecto con que Fitzroy trató a los tres fueguinos que surcaron los mares con él.
Aunque Darwin no aparece en la novela hasta bien entrada esta en materia, lo cierto es que el epicentro de la trama del libro se sitúa durante el periodo de cinco años que el naturalista pasó en el barco. Pese a que las opiniones de Darwin chocan frontalmente con el creacionismo de Fitzroy, obsesionado por demostrar la existencia del diluvio universal que narra la Biblia, una profunda amistad une a los dos hombres durante sus años a bordo del Beagle.
Hacia los confines del mundo es una libro que aborda cuestiones tan dispares como el choque entre religión y ciencia, el honor, la amistad y, sobre todo, la aventura. Casi podría decirse que estamos ante una novela de aventuras si no fuera porque éstas sucedieron en realidad. Gracias a los diarios del capitán y los de Darwin, así como de una ingente cantidad de documentos, Thompson representa un magistral fresco de la época donde abundan la referencias históricas y científicas.
Cabe señalar que el capitán Fitzroy es uno, si no el más importante, de los inventores de la meteorología moderna, ya que sus descubrimientos todavía son utilizados en la actualidad para realizar previsiones del tiempo. Además, el capitán del Beagle cartografió exhaustivamente las costas sudamericanas en una labor que podría definirse como titánica. Tan ardua y costosa fue que hasta se arruinó en parte en esta empresa al sufragar de su propio bolsillo gran parte de los gastos de la expedición.
Así, mientras Charles Darwin gozó de la admiración de sus contemporáneos, Robert Fitzroy fue arrinconado del servicio activo y continuó su labor a duras penas y ante la incomprensión de sus superiores.
En lo meramente formal la novela se caracteriza por su ritmo trepidante y estilo claro y directo Pese a la abundancia de términos náuticos y científicos en ningún momento se hace áspera para el lector, que queda atrapado entre sus páginas como uno más de los especímenes que coleccionan sus protagonistas.
Hacia los confines del mundo es la obra póstuma del autor (y también su primera novela) ya que éste murió prematuramente en 2005 a las edad de 45 años. Una verdadera lástima, ya que con un precedente como este era de esperar que Thompson hubiera seguido deleitándonos con un rosario de genialidades.
Sea como fuere, lo cierto es que estamos delante de una novela colosal con todo lo necesario para disfrutar de horas interminables de lectura. Como ya he dicho, una verdadera obra maestra.
Capitán de navío: una más de barcos

Después de vérmelas cara a cara con el capitán FitzRoy experimenté lo que podría definirse como un síndrome de abstinencia naval decimonónica. Las alternativas en mis queridos estantes del FNAC eran bastante limitadas, así que opté por comprar la segunda parte del ya celebérrimo Master and Comander (aquí traducido como Capitán de mar y guerra). La novela en sí, obra del inefable Patrick O’brian lleva el título de Capitán de navío y continúa las aventuras del capitán Aubrey y del doctor Maturin, esta vez por aguas del Atlántico en los años inmediatamente anteriores de la Batalla de Trafalgar (en concreto la novela acaba en 1804). He de decir que me ha decepcionado un poco este libro. Y lo ha hecho por unas cuantas razones que paso a relatar a continuación. En primer lugar, bajo mi humilde punto de vista, O’Brian narra hasta el aburrimiento los avatares amorosos del capitán Aubrey con una joven adinerada de la campiña inglesa. No estaría mal si se incidiera tangencialmente en el asunto o, incluso, que le dedicara todo un capítulo del libro. A todo ello se añade un curioso triángulo amoroso entre el propio capitán Aubrey, el doctor Maturin y una señorita de moral distraída que a la sazón es la prima de la amada del marino. Vamos, un embrollo en todo regla que podría servir de argumento a una película romántica de época. Lo tedioso del asunto es que se ven reducidaas las escenas náuticas propiamente dichas, que es lo que el lector va a buscar en este tipo de novelas.
En cuanto a lo histórico propiamente dicho, O’Brian se inventa una imaginaria resistencia catalana al dominio “español”, cuando sólo hay que leer las proclamas de las Juntas de las ciudades catalanas ante la invasión napoleónica para darse cuenta del sentido patriotismo de los catalanes allá por principios del XIX. A eso hay que añadir que el autor, en un momento concreto de la novela describe a los españoles como “valientes pero no buenos marinos” (tampoco salen muy bien parados los franceses....). Bueno, uno no es que sea especialista en historia naval, pero algo ha leído y hay que decir que hasta Trafalgar los españoles, con toda la miseria de una nación en plena decadencia, dieron el tipo bastante bien ante los ingleses. Y si no que se lo pregunten al almirante Nelson, que perdió un brazo en Tenerife y tuvo que huir más de una vez frente a los españoles con el rabo entre las piernas.
De todas formas la novela se lee bien y se hace agradable. Decepciona, como ya he dicho, en comparación con su predecesora. Pese a todo estamos frente a una novela náutica de calidad, llena de juanetes, estays, cangrejas y aparejos de todo tipo. Una lectura interesante para pasar el rato y divertirse con las peripecias del “afortunado” capitán Aubrey y su inseparable doctor Maturin, que por cierto, en esta entrega de la saga se revela como un eficiente espía al servicio de Su Majestad Británica.

