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Great Battles of Rome
Que los videojuegos se han convertido en un referente cultural de nuestro tiempo es algo que muy pocos discuten. De hecho, hace poco vi en el Canal de Historia un reportaje sobre la historia de éstos desde finales de los años 60. Pues bien, hace ya algún tiempo que estan de moda algunos simuladores tácticos como las sagas del Age of Empires o las de Imperium, ambas con un marcado transfondo histórico.
Esta vez les voy a hablar de un simulador táctico para Playstation 2 realizado en colaboración con el ya mencionado Canal de Historia. Bajo el título Great Battles of Rome, este juego nos pone en el papael de un general romano (o bárbaro si se prefiere). En el modo campaña, el jugador deberá ganar las batallas decisivas o las simples escaramuzas que marcaron el devenir del Estado Romano. Así, desde las Guerras Samnitas hasta la defensa del Imperio de los pueblos bárbaros pasando por la mítica batalla de Cannae, el jugador repasa los episodios bélicos más importantes de la historia romana.
Cabe señalar que el juego está ilustrado con vídeos del History Channel, lo que contribuye sibremanera a meterse en la historia. Por otra parte, Great Battles of Rome es un verdadero simulador, ya que el jugador puede mover unidades enteras y hacerlas hacer maniobras clásicas como movimientos envolventes, ataques directos, etc. Si uno está familiarizado con la historia militar puede recrear la estrategia con la que, por ejemplo, César derrotó a los galos en Alesia.
Aunque la parte gráfica no es su punto fuerte, ya que los gráficos no son nada del otro mundo, la jugabilidad es impresionante. También se echa en falta un ratón, ya que haría que el juego ganase en agilidad (el pad resulta a veces algo farragoso).
En definitiva, un gran juego con el que pasar horas imaginando ser Publio Cornelio Escipión. Si les sirve de algo, yo estoy disfrutando como un enano.
Los presos de la Cárcel Real
Les paso un curioso artículo de Arturo Pérez Reverte sobre un episodio del celbérrimo y próximamente conmemorado "Dos de Mayo".
Hoy vamos de historieta histórica, si me permiten. Merece la pena. En los últimos tiempos, y por razones de trabajo, me he visto entre libros y documentos bicentenarios, de esos que a veces estremecen y otras te dejan una sonrisilla cómplice cuando proyectas, sobre la prosa fría del documento, imaginación suficiente para revivir el asunto. El de hoy se refiere al dos de mayo de 1808, cuando Madrid estaba en plena pajarraca insurreccional contra las tropas francesas. Es rigurosamente verídico, aunque parezca esperpento propio de una película de Berlanga. Y es que, a veces, también la España negra tiene su puntito.
Todo empezó con una carta escrita a media mañana, cuando la ciudad era un tiroteo de punta a punta, la gente sublevada peleaba donde podía, y la caballería francesa cargaba contra paisanos armados con navajas en la puerta del Sol y la puerta de Toledo. La carta iba dirigida al director de la Cárcel Real de Madrid –situada junto a la plaza Mayor, hoy sede del ministerio de Asuntos Exteriores– por Francisco Xavier Cayón, uno de los reclusos, y estaba escrita en nombre de sus compañeros: «Abiendo advertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja armas y munisiones para la defensa de la Patria y del Rey, suplica, bajo juramento de volber a prisión con sus compañeros, se les ponga en libertad para ir a esponer su vida contra los estranjeros». Entregada al carcelero jefe Félix Ángel, la solicitud llegó a manos del director. Y lo asombroso es que, en vista del panorama y de que los presos, ya artillados de hierros afilados, tostones y palos, estaban montando una bronca de órdago, se les dejó salir a la calle bajo palabra. Tal cual.
Ahora imagínense el cuadro. Sin mucho esfuerzo, porque la Historia conservó los pormenores del episodio. De los noventa y cuatro reclusos, treinta y ocho prefirieron quedarse en el estarivel, a salvo con los boquis, y cincuenta y seis caimanes se echaron al mundo. Eran, claro, lo más fino de cada casa: gente del bronce y de puñalada fácil, chanfaina de los barrios crudos del Rastro, Lavapiés y el Barquillo, brecheros, afufadores, jaques de putas, Monipodios, Rinconetes, Cortadillos, Pasamontes y otras prendas, incluido un pastor de cabras que había dado unas cuantas mojadas a un tabernero por aguarle el morapio. Y, bueno. Como digo, salieron. De estampía. Lástima de foto que nadie les hizo. Porque menuda escena. Ignoro cuántas ermitas visitaron de camino aquellos ciudadanos para entonarse de uvas antes de la faena; pero unos franchutes, que manejaban en la plaza Mayor un cañón con el que hacían fuego hacia la calle de Toledo, vieron caerles encima una jábega de energúmenos morenos, patilludos, tatuados y vociferantes, que a los gritos de «¡Viva el rey!» y «¡Muerte a los gabachos!» se los pasaron literalmente por la piedra de amolar, dándole ajo a siete. En pleno escabeche, por cierto, se incorporó a la peña otro preso del talego del Puente Viejo de Toledo, que se había abierto sin ruegos ni instancias, por la cara. Se llamaba Mariano Córdova, era natural de Arequipa, Perú, y tenía veinte años. Venía buscando gresca y se les unió con entusiasmo. Ya se sabe: Dios los cría.
El zafarrancho de la plaza Mayor duró un rato, y tuvo su aquel. Los presos dieron la vuelta al cañón de los malos y le arrimaron candela a un escuadrón de caballería de la Guardia Imperial que cargaba desde la puerta del Sol. Al cabo, faltos de munición, inutilizaron el cañón y se desparramaron por las callejuelas del barrio, cachicuerna en mano, buscándose la vida. Entre carreras, navajazos y descargas francesas, palmaron el peruano Córdova y el ilustre manolo del barrio de la Paloma Francisco Pico Fernández. Su compañero Domingo Palén resultó descosido de asaduras y acabó en el Hospital General, y dos presos más se dieron por desaparecidos y, según los testigos, por fiambres. Pero lo más bonito, lo pintoresco del colorín colorado de esta singular historia, es que, de los cincuenta y dos restantes, sólo uno faltó al recuento final. Entre aquella noche y la mañana del día siguiente, cincuenta y un cofrades regresaron a la Cárcel Real, solos o en pequeños grupos. Me gusta imaginar a los últimos llegando al alba –alguno visitaría antes a la parienta, supongo– exhaustos, ensangrentados, provistos de armas y despojos de franceses, con los bolsillos llenos de anillos, monedas gabachas, dientes de oro y otros detallitos, tras haber hecho concienzudo alto en cuantas tabernas hallaron de camino. Con una sonrisa satisfecha y feroz pintada en el careto, supongo. Cincuenta y un presos de vuelta, y uno sólo declarado prófugo. Cumpliendo como caballeros, ya ven. Gente de palabra.
Barkeno
Los barceloneses nos orgullecemos de haber nacido en una ciudad con más de 2.000 años de historia. La Barcino romana, aunque lo correcto sería llamarla Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino fue creada sobre el llamado Mons Taber (una elevación cerca de la costa) entre los años 15 y 10 a.C. en el marco de la reorganización territorial ordenada por Augusto. Por otro lado mucho se ha especulado sobre el origen cartaginés de la ciudad. Lo cierto es que previamente existió un asentamiento fortificado conocido con el nombre de Barkeno (en la actual Ciutat Vella) que acuñó monedas desde el siglo III a.C., (aunque dejó de hacerlo después de la resstructuración romana del territorio y no volvió a acuñar hasta el siglo V de nuestra era). De ahí se ha inferido la relación con el estratega cartaginés Amílcar Barca con el asentamiento, quien lo fundaría sobre el 230 a.C... Cabe señalar que, aunque el uso de sobrenombres entre los púnicos era poco frecuente, el sobrenombre Barca parece proceder de la palabra fenicia BRK (barak, ya que el fenicio carecía de vocales), que significa “relámpago”. Como curiosidad, en hebreo se sigue utilizando la misma palabra con idéntico significado. Los romanos convertirían el barak en Barca; un apodo más que adecuado para el genio militar de Amílcar.
También se tiene constancia es de un asentamiento íbero (laietano para más señas) conocido como Layesken y que estaba situado en la montaña de Montjuic. Este poblado acuñó monedas desde el siglo II a.C..
Aníbal

Por un asunto que ya comentaré más adelante llevo un tiempo sumergido en los avatares de las Guerras Púnicas, en especial de la segunda. Pues bien, hace un par de meses compré en la Feria del Libro de Ocasión de Barcelona una serie de novelas históricas publicadas un par de años atrás por El País. Entre ellas estaba Anibal, obra del alemán Gisbert Haefs. El nombre de la novela ya deja muy claro el contenido del libro, aunque he de reconocer que Haefs va mucho más allá que la simple descripción de la vida del estratega púnico.
De hecho, Anibal es casi un personaje secundario, ya que el que narra la historia es un meteco (habitante sin derechos políticos; es decir, no podía elegir ni ser elegido para cargos públicos) heleno de Cartago llamado Antígono. Así, el griego traza un retrato de un Aníbal valiente y dotado de una inteligencia y astucia sobresalientes. Rasgos que en parte hereda de la figura de Amílcar, su padre. Los bárcidas, esa familia que tuvo en jaque a Roma se erige como la única capaz de salvar a Cartago del desastre. Como en toda novela tiene que existir un villano, y en esta el papel recae en Hanón, un pérfido sacerdote de Baal empeñado en hacer fracasar los palnes de Amícar primero y Aníbal después. Pero eso ya entre dentro de la trama y no quisiera revelar más de lo necesario.
La novela es una mezcla perfecta de intriga, aventuras, batallas y cierta dosis destacble de imaginación. Se nota que el autor ha leído las Vidas Paralelas de Plutarco, el Salambó de Flaubert y una cantidad considerable de historiografía sobre la época.
El único pero que le pondría al libro, si es que se puede decir así, es que el autor demoniza en exceso a Roma. Así, Haefs describe a éste como una civilización militarista empeñada en hacer desaparecer de la faz de la tierra a sus adversarios. Y en cierto modo fue así, pero en contraposición los cartagineses son retratados como una especie de hermanitas de la caridad, liberales, tolerantes con los pueblos que someten e interesados únicamente en el comercio. Ni una cosa ni la otra son totalmente ciertas. Roma, además de conquistar también construyó, fomentó la cultura, introdujo el Derecho y construyó, en definitiva, la base sobre la que se erigiría más tarde el mundo occidental. Por su parte, Cartago sometió a sangre y fuego a pueblos indígenas a los que impuso impuestos y levas forzosas.
Pese a todo, Anibal es una colosal novela histórica en la que se retrata un pueblo, el cartaginés, opulento y sabio. Cartago fue durante algunos siglos la Nueva York de la época, una ciudad fastuosa donde gentes de todo el Mediterráneo acudían para comerciar e intercambiar conocimientos. Esto queda perfectamente retratado en la novela. Más aún, Haefs consigue tomar el pulso de una época apasionante en la que se decidió el futuro la humanidad.
Como anécdota diré que, en mi calidad de lector español, me causó cierto sentimiento de orgullo el ver aparecer una vez tras otra a orgullosos y valientes guerreros íberos. Unos soldados que, junto a númidas y galos, plantaron cara y vencireon en numerosas ocasiones a las disciplinadas legiones romanas.
En definitiva, recomiendo encarecidamente la lectura de sus 615 páginas. Por cierto, el autor incluye al final del libro un glosario y una cronología que resultan en extremo útiles para seguir la lectura con fluidez.

