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El rincón de Clío

La trilogía del Señor de la guerra

La trilogía del Señor de la guerra

Este tiempo sin escribir en el blog no ha sido un tiempo muerto, ni siquiera unas pequeñas vacaciones, sino que he aprovechado para leer una de las sagas más apasionantes que ha caído en mis manos últimamente. Me refiero a las Crónicas del Señor de la guerra, del ya citado en este blog Bernard Cornwell.

Movido por las ansias de continuar leyendo a este autor tras la apasionante Los Señores del norte, me hice con la primera parte de esta trilogía: El rey del invierno.

La historia se sitúa en la Britania de finales del siglo V, pocos años después de la partida de las legiones romanas que guardaban la isla y en el momento en que los sajones han ocupado ya todo el levante de la antigua provincia romana. El protagonista es un joven llamado Derfel (pronunciado con v sonora), un pequeño esclavo sajón criado por el Mago Merlín y su hermana Morgana y que acabará convirténdose en uno de los guerreros más temidos de Britania. Como habrán podido deducir los lectores más avezados en estas lides, la historia es una reinterpretación muy libre del mito del rey Arturo. De hecho, Cornwell no lo caracteriza como monarca, sino como señor de la guerra, hijo del gran Uther Pendragon y protector del trono de su pequeño sobrino Mordred.

No quiero destripar la trama de la novela, pero he de decir que la lectura se hace inmensamente amena y que abundan las batallas con muros de escudos, los lances entre guerreros y los amores apasionados. Además, gran parte del atractivo de la novela se encuentra en el hecho de que escritor describe una época de transición entre la antigüedad clásica y la barbarie medieval. No en vano, tras la marcha de los romanos los caudillos celtas, o mejor dicho, britanos, vuelven alas antiguas costumbres (aunque no del todo, ya que es imposible borrar cinco siglos de presencia romana) a la vez que tratan de defender sus fronteras de las hordas de germanos que llegan del otro lado del mar.

Como ya he dicho se trata de tres volúmenes en los que se desarrolla la historia de Derfel y Arturo (su señor).

Aunque bien es cierto que Cornwell deja volar su imaginación, lo cierto es que también hay lugar para las referencias históricas e incluso para los más actuales descubrimientos arqueológicos de la época, como muy bien subraya el autor al final de cada volumen.

No busque el lector un fresco preciso de la época, sino más bien una brillante novela de aventuras, dioses paganos y bosques brumosos en los que todo es posible.

Una trilogía que sin duda puede hacer mucho más amenas las tardes y las noches de verano, aunque advierto que engancha, y mucho.

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John Adams

John Adams

 

Si el otro día les hablaba de una serie española, con todo lo que ello lleva consigo, hoy quiero hacerles mención de una magnífica producción de la cadena norteamericana HBO: John Adams. Para los no iniciados diré que John Adams fue uno de los artífices de la independecncia de Estados Unidos. Político tenaz, fue él quien propuso a George Washington para dirigir el ejército de las 13 colonias (o Estados) en contra de los británicos así como la persona que convenció a Thomas Jefferson para que escribiera la Declaración de Independencia. Además, John Adams fue el segundo presidente de los Estados Unidos y un hombre clave en el futuro de la incipiente nación.

Sólo puedo decir alabanzas de esta serie de 7 capítulos que empieza cuando John Adams, como abogado, es contratado para defender a unos soldados británcicos del cargo de asesinato. A partir de aquí sus lealtades se irán viendo poco a poco alteradas con el transcurso de los acontecimientos.

El gran actor Paul Giamati es el encargado de dar vida a Adams, lo que se traduce en una interpretación magistral y una verosimilitud asombrosa. Como es natural, en la serie aparecen todos los artífices de la independencia americana, desde Benjamin Franklin al ya citado Thomas Jefferson pasando por George Washington. La amistad que unirá al protagonista con Jefferson es una de las piedras angulares de la trama. Enfrentados en lo político (el primero defendía la idea de un Estado fuerte mientras que el segundo era más proclive a ideas de corte más liberal) ambos estarán unidos por una no siempre fácil amistad de la que surgirán los cimientos de los modernos Estados Unidos. Precisamente la figura de Jefferson es una de las que más me ha gustado. Un hombre sobrio pero a la vez apasionado, ferviente defensor de la Revolución, no sólo de la americana sino también de la francesa, en la cual participó como embajador de los Estados Unidos. Una figura que daría para otra serie si no fuera porque ya se han hecho unas cuantas, aunque creo que ninguna ahonda lo suficiente en el personaje histórico y se queda en la mera anécdota.

Al ver John Adams uno siente envidia por el cariño y el respeto con el que en algunos países tratan su historia, no escatimando medios ni talentos para recrear un perfecto retablo de la América revolucionaria. Sólo puedo decir que todo aquel que se acerque a esta serie disfrutará de momentos apasionantes y de una visión crítica y alejada del dogma académico de lo que sucedió durante aquellos apasionantes años de final del siglo XVIII.

Si tuviera que darle una nota esta sería, sin duda, matrícula de honor.

Águila Roja, una interpretación muy libre de la España del siglo XVII

Águila Roja, una interpretación muy libre de la España del siglo XVII

 

Llevo ya unas cuantas semanas en las que mucha gente me pregunta mi opinión sobre Águila Roja, la última serie de Televisión Española para la noche de los jueves. Lo cierto es que como recreación histórica de la primera mitad del siglo XVII (que es cuando todo apunta a que está ambientada) la serie en cuestión deja mucho que desear. Así, por ejemplo, el lenguaje y las expresiones utilizados por los protagonistas son más apropiados para un barrio del Madrid actual que para los mentideros de la villa y corte de los tiempos de Felipe IV. En lo que se refiere a la caracterización de los personajes se deja sentir, y mucho, la presencia de aquellos grandes mostachos que cualquier hombre que presumiera de serlo llevaba encima de su labio superior. Eso sí, todos los personajes varones llevan una cuidada barba recortada de una semana... Por otro lado, el personaje del malo malísimo, “el comisario”, luce unas vestimentas de cuero negro que no dudo serán apropadas en una sesión de sadomasoquismo, pero que no lo son nada para un capitán de corchetes que, por cierto, es el cargo que ocuparía como defensor del orden público.

Por último, señalar que la presencia de un ninja español es, cuando menos, sorprendente. Lo cierto es que san Francisco Javier llegó a Japón con la idea de evangelizarlo en 1549. Tuvo cierto éxito, en especial en la ciudad de Nagasaki, pero sus esfuerzos se vieron truncados con la persecución de los cristianos llevada a cabo bajo el shogunato Takanawa en los años finales del siglo XVI y principios del XVII. De hecho, este shogun cerró las fronteras de Japón a todos los extranjeros con excepción de los holandeses, por lo que el país del sol naciente permaneción durante algunos siglos ajeno a las influencias exteriores. Además, y aunque Francisco Javier era español, Japón estaba en la órbita de influencia portuguesa, no española (que en aquella época y por aquellos lares se centraba más en las Filipinas). Por todo ello sería difícil encontrar a un español aprendiendo ninjitsu en el Japón de la época. Todo eso por no hablar de una supuesta conjura para derrocar al monarca a manos de una organización secreta....

Por último, la alusión a algunos personajes históricos como Murillo, que en la serie es un compañero de colegio del hijo del protagonista, permite situar la acción sobre la década de 1620. Por ello también resulta inexacta la figura de un monarca envejecido, como se ha visto en algún capítulo de la serie, ya que por aquel entonces Felipe IV era un fogoso veinteañero.

Ante tales comentarios uno podrías pènsar que el arribafirmante detesta Águila Roja, pero no es así. Y no lo es porque por lo menos me congratulo de que TVE se digne ha llevar a las pantallas una recreación (algo libre, es cierto) de nuestro pasado. Y esto es mucho decir en un país donde la televisión rezuma mediocridad y chabacanería amén de una profunda banalidad. Además, siempre es más grato encontrar en la tele un duelo con espadas que las aventuras de unos adolescentes de instituto utrahormonados. Por todo ello, y porque espero que esta serie haga entender a una legión de telespectadores que la Historia de España está llena de pasajes apasionantes que dan para muchas series y libros,  me encuentro, desde la críticia, sí,  pero también desde un cierto sentimiento de alivio, entre los millones de españoles que siguen las aventuras de este ninja suigéneris llamado Águila Roja.

Otro día les comentaré mi envidia ponzoñosa al ver las producciónes históricas que se emiten en la televisión norteamericana, pero de momento, espero que el éxito de Águila Roja decida a los directivos de las cadenas nacionales a apostar por producciones más rigurosas amén de entretenidas.

 

Capitán de navío: una más de barcos

Capitán de navío: una más de barcos

Después de vérmelas cara a cara con el capitán FitzRoy experimenté lo que podría definirse como un síndrome de abstinencia naval decimonónica. Las alternativas en mis queridos estantes del FNAC eran bastante limitadas, así que opté por comprar la segunda parte del ya celebérrimo Master and Comander (aquí traducido como Capitán de mar y guerra). La novela en sí, obra del inefable Patrick O’brian lleva el título de Capitán de navío y continúa las aventuras del capitán Aubrey y del doctor Maturin, esta vez por aguas del Atlántico en los años inmediatamente anteriores de la Batalla de Trafalgar (en concreto la novela acaba en 1804). He de decir que me ha decepcionado un poco este libro. Y lo ha hecho por unas cuantas razones que paso a relatar a continuación. En primer lugar, bajo mi humilde punto de vista, O’Brian narra hasta el aburrimiento los avatares amorosos del capitán Aubrey con una joven adinerada de la campiña inglesa. No estaría mal si se incidiera tangencialmente en el asunto o, incluso, que le dedicara todo un capítulo del libro. A todo ello se añade un curioso triángulo amoroso entre el propio capitán Aubrey, el doctor Maturin y una señorita de moral distraída que a la sazón es la prima de la amada del marino. Vamos, un embrollo en todo regla que podría servir de argumento a una película romántica de época. Lo tedioso del asunto es que se ven reducidaas las escenas náuticas propiamente dichas, que es lo que el lector va a buscar en este tipo de novelas.

En cuanto a lo histórico propiamente dicho, O’Brian se inventa una imaginaria resistencia catalana al dominio “español”, cuando sólo hay que leer las proclamas de las Juntas de las ciudades catalanas ante la invasión napoleónica para darse cuenta del sentido patriotismo de los catalanes allá por principios del XIX. A eso hay que añadir que el autor, en un momento concreto de la novela describe a los españoles como “valientes pero no buenos marinos” (tampoco salen muy bien parados los franceses....). Bueno, uno no es que sea especialista en historia naval, pero algo ha leído y hay que decir que hasta Trafalgar los españoles, con toda la miseria de una nación en plena decadencia, dieron el tipo bastante bien ante los ingleses. Y si no que se lo pregunten al almirante Nelson, que perdió un brazo en Tenerife y tuvo que huir más de una vez frente a los españoles con el rabo entre las piernas.

De todas formas la novela se lee bien y se hace agradable. Decepciona, como ya he dicho, en comparación con su predecesora. Pese a todo estamos frente a una novela náutica de calidad, llena de juanetes, estays, cangrejas y aparejos de todo tipo. Una lectura interesante para pasar el rato y divertirse con las peripecias del “afortunado” capitán Aubrey y su inseparable doctor Maturin, que por cierto, en esta entrega de la saga se revela como un eficiente espía al servicio de Su Majestad Británica.

 

Hacia los confines del mundo

Hacia los confines del mundo

 

Hace poco tuve el privilegio de leer Hacia los confines del mundo, de Harry Thompson. Y digo privilegio porque se trata, en opinión de todos los que lo han leído, en una verdadera obra maestra de la literatura contemporánea. Casualidad o no, ya que este año se cumple el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin, el libro relata, en parte, el periplo del naturalista por tierras americanas y su posterior estancia en las Islas Galápagos. Para ser más preciso, Hacialos confines del mundo narra la historia del intrépido capitan Robert Fitzroy, reputado marino inglés que capineaba el Beagle durante dicha travesía. Fitzroy, marino ilustrado, científico y hombre religioso, amén de atormentado por una misteriosa dolencia, es el verdadero protagonista del libro. Olvidado en su tiempo, podría decirse que marginado en su época por sus heterodoxas opiniones científicas respecto a la meteorología, vivió una vida dura pero intensa, sobre todo durante su periodo como capitán del Beagle.

Verdadero héroe, intentó evangelizar Tierra de Fuego a través de dos nativos que llevó a Inglaterra para que fueran educados en la fe anglicana. Esta tentativa fracasó, pero resulta sobrecogedor comprobar la familiaridad y el afecto con que Fitzroy trató a los tres fueguinos que surcaron los mares con él.

Aunque Darwin no aparece en la novela hasta bien entrada esta en materia, lo cierto es que el epicentro de la trama del libro se sitúa durante el periodo de cinco años que el naturalista pasó en el barco. Pese a que las opiniones de Darwin chocan frontalmente con el creacionismo de Fitzroy, obsesionado por demostrar la existencia del diluvio universal que narra la Biblia, una profunda amistad une a los dos hombres durante sus años a bordo del Beagle.

Hacia los confines del mundo es una libro que aborda cuestiones tan dispares como el choque entre religión y ciencia, el honor, la amistad y, sobre todo, la aventura. Casi podría decirse que estamos ante una novela de aventuras si no fuera porque éstas sucedieron en realidad. Gracias a los diarios del capitán y los de Darwin, así como de una ingente cantidad de documentos, Thompson representa un magistral fresco de la época donde abundan la referencias históricas y científicas.

Cabe señalar que el capitán Fitzroy es uno, si no el más importante, de los inventores de la meteorología moderna, ya que sus descubrimientos todavía son utilizados en la actualidad para realizar previsiones del tiempo. Además, el capitán del Beagle cartografió exhaustivamente las costas sudamericanas en una labor que podría definirse como titánica. Tan ardua y costosa fue que hasta se arruinó en parte en esta empresa al sufragar de su propio bolsillo gran parte de los gastos de la expedición.

Así, mientras Charles Darwin gozó de la admiración de sus contemporáneos, Robert Fitzroy fue arrinconado del servicio activo y continuó su labor a duras penas y ante la incomprensión de sus superiores.

En lo meramente formal la novela se caracteriza por su ritmo trepidante y estilo claro y directo Pese a la abundancia de términos náuticos y científicos en ningún momento se hace áspera para el lector, que queda atrapado entre sus páginas como uno más de los especímenes que coleccionan sus protagonistas.

Hacia los confines del mundo es la obra póstuma del autor (y también su primera novela) ya que éste murió prematuramente en 2005 a las edad de 45 años. Una verdadera lástima, ya que con un precedente como este era de esperar que Thompson hubiera seguido deleitándonos con un rosario de genialidades.

Sea como fuere, lo cierto es que estamos delante de una novela colosal con todo lo necesario para disfrutar de horas interminables de lectura. Como ya he dicho, una verdadera obra maestra.

 

La huella genética de sefardíes y bereberes

 

Que España ha sido un cruce de culturas a lo largo de los siglos no es nada nuevo. Por este solar ibérico han pasado fenicios, griegos, romanos, germanos, árabes, judíos y norteafricanos entre otoros. Lo que nunca se había llegado a cuantificar es el aporte genético que estos grupos habían dejado en los españoles de la actualidad.

Pues bien, un estudio llevado a cabo por la Universidad de Leicester (Reino Unido) y por la Universitat Pompeu Fabra demuestra que un 20% de los españoles tiene antepasados sefarditas y otro 10% norteafricanos. El estudio se centra en el cromosoma Y, por lo que sólo se hace referencia al linaje masculino de los sujetos. Lo que se ha vendio a demostrar es, en términos muy simples, que 2 de cada 10 españoles tienen un antepasado masculino por vía paterna (el padre, del padre, del padre, etc) de origen judío, y 1 de cada 10 procedente del norte de África, o sea, bereber. El resto del aporte genético de los españoles está conformado por el mismo sustrato común en casi todos los europeos.

Estos datos representan la media, puesto que en Asturias, por ejemplo, el 45% de los sujetos estudiados mostraban coincidencias con el grupo sefardí, mientras que sólo 6 de cada 100 catalanes parece tener antepasados hebreos.

Lo más curioso de este estudio es que parece que las poblaciones con más incidencia sefardí y norteafricana no se sitúan, como sería de esperar, en el sur de la península. Así, la presencia de antepasados provinientes del norte de África es mínima en zonas como Granada, y bastante destacable en el oeste de Castilla.

De todas formas, al no haber estudiado los linajes maternos se puede llegar a la conclusión de que el aporte de estos grupos puede ser mucho más destacado de lo apreciable por los datos de este estudio.

 

 

Combate sobre España, memorias de un piloto de caza

Combate sobre España, memorias de un piloto de caza

La Guerra Civil Española es uno de los periodos más controvertidos y estudiados por la historiografía hispana contemporánea. Un sinfín de títulos sobre la contienda copan los estantes de la librerías y ofrecen distintos puntos de vista sobre los orígenes y desarrollo de unos hechos tan luctuosos como apasionantes.

Pero a veces es mejor acudir a la narración en primera persona, a la historia contada por sus protagonistas, para obtener una visión alejada del mucha veces demasiado estrecho punto de vista del historiador profesional.

Este año que acaba descubrí, o mejor dicho redescrubrí, un viejo libro de tapa de tela en la biblioteca de mi padre. Digo redescubrir porque ya cayó en mis manos durante mi más tierna infancia, como prueban unos curiosos y ahora molestos garabatos que dibujé en la portada de papel.

Combate sobre España es una pequeña joya desconocida de la literatura de la Guerra Civil. En sus páginas, don José Larios, marqués del mismo nombre, narra sus vicisitudes como aviador del bando nacional. Primero como bombardero (en el sentido más estricto del término, ya que lanzaba a mano las bombas desde la bodega de un Junkers 52) luego como piloto de caza de un Fiat CR 31, las experiencias contadas por Larios ponen de manifiesto una parte poco conocida de la contienda: la guerra aérea.

José Larios, aristócrata criado en Inglaterra, bon vivant y viajero empedernido, acude desde Gran Bretaña a su Andalucía natal para sumarse a la rebelión de los generales rebeldes. De allí, y tras un breve periodo, se enrola en las filas de la aviación de los sublevados. A partir de aquí todo serán frentes de batalla y nuevos aeródromos. Sorprende que, pese a las creencias del aviador, los republicanos, o mejor dicho los combatientes republicanos, son tratados con un respeto que podría definirse como caballeresco. Eso sí, el primer capítulo del libro se extiende sobre datos históricos y puntos de vistas personales sobre los años de la República. Es por eso que hay que leer Combate sobre España con un cierto distanciamiento en lo político. Me decía un profesor de la facultad de periodismo que siempre hay que afrontar una entrevista armado con un prejuicio, y lo mismo podría decirse de este magnífico libro. Uno tiene que acercarse a él sabiendo que se trata de las vivencias de alguien que combatió con pasión por una causa determinada. A partir de ahí, sólo puedo definir la lectura de Combate sobre España como deliciosa.

Además de acercarnos a la vida durante la guerra, a las vicisitudes de un piloto que no sabe si habrá un mañana, el libro recorre el pasaje de una España devastada por un conflicto fratricida. Lugares, gentes y anécdotas de todo tipo sazonan esta obra singular. Como aquella en la que el escritor narra cómo los integrantes de la Legión Cóndor aguardan en perfecta formación prusiana su turno a la puerta de un burdel sevillano. O cómo los soldados, a su vuelta del frente, pasaban interminables noches de juerga por los locales de la Zaragoza nocturna.

Todo ello por no hablar de los apasionantes combates sobre el cielo de Madrid o del Ebro, cuando los Fiat nacionales entablaban lucha sin cuartel con los los Policarkov soviéticos, preludio de lo que poco más tarde sucedería sobre los campos de batalla europeos.

Uno casi puede sentir la palanca de un “Chirri” (como así llamaban a los cazas nacionales) entre las manos, experimentar el miedo que se siente al tener a un “Chato” a las 6 escupiendo fuego, o sufrir todo el peso de la guerra y su locura al tener que ametrallar en cadena a una formación de infantería.

Larios llegó a capitán en las filas de los vencedores, aunque se retiró después de la guerra para vivir con su mujer y dedicarse a otros asuntos. Treinta años después de los hechos narrados, Larios escribió Combate sobre España como testimonio de unos hechos terribles y amargos, pero también apasionados y que marcaron a fuego a todos aquellos que participaron en él.

Juliano el Apóstata

Juliano el Apóstata

 

El emperador romano Juliano, de la casa de los Flavios, gobernó el Imperio durante un breve periodo de tiempo que va del año 361 al 362 dC. En el trono imperial sucedió a su primo Constancio, hijo de Constantino el Grande, emperador que proclamó el cristianismo como religión oficial del Imperio.

La figura de Juliano ha atraído siempre la atención de muchos estudiosos por las reformas religiosoas que llevó, o mejor dicho, pretendió llevar a cabo en el seno del Imperio. Helenista convencido, Juliano intentó volver al culto de los antiguos dioses del panteón romano. Es por ello que se le denominó el apóstata por los cristianos y pasó a la Historia como un adversario de éstos.

Juliano el Apóstata es también el título de una magnífica novela de Gore Vidal en la que se narra la corta vida de este brillante emperador, muerto a los 32 años. A travñs de una supuesta biografía escrita por él y recuperada por el sofista Prisco y el filósofo Libanio, éste último intenta vindicar la figura del emperador y sus muchos logros, entre los que destacan los militares. Juliano nunca perdió una batalla, pese a que su formación fue la de un estudiante de Filosofía. Gore Vidal nos narra cómo el joven Juliano, más interesado por el estudio y los misterios (como los de Eléusis o Mitra) acaba convirtiéndose en un gran general que, incluso, llega a invadir Persia.

Las referencias históricas y la ficción se dan la mano de forma magistral en esta novela que engancha desde la primera página. También el periodo cronológico en el que se sitúa la acción es apasionante, puesto que nos encontramos en un momento de profundo cambio en la ideosincrasia del Imperio, justo cuando los bárbaros empiezan a asediar las fronteras de Roma y el viejo mundo llega a su fin.

También es de agradecer que pese a que Juliano se presenta como el héroe de la historia, también se pongan de manifiesto sus debilidades, entre las que destacan su apego desmesurado por las antiguas formas religiosas y su dependencia de personajes oscuros como Máximo. Juliano intenta ser tolerante con el cristianismo, aunque su plan es desterrarlo del corazón del Imperio para volver a los tiempos de César y Octavio Augusto.

Gracias a la narración de Vidal uno puede familiarizarse con filósofos como Plotino y descubrir un mundo en decadencia pero sumamente rico en matices.

En resumidas cuentas, Juliano el Apóstata es una novela muy recomendable para pasar buenos momentos y conocer más de cerca la vida durante el Bajo Imperio Romano.

Existen diversas ediciones de esta novela publicada en los 60, aunque en mi caso me hice con la edición de El País encuadrada dentro de su colección de Novela histórica.

 

The Tudors

The Tudors

 

A petición de mi querido amigo Walter, a la sazón mi charro mejicano preferido, retomo la andadura de este bolg dedicado a la Historia en su versión más lúdica.

Para el primer artículo de esta nueva “temporada” he decidido hablarles de una serie de televisión norteamericana que ha llenado gran parte de mis noches del mes de diciembre. Se trata de The Tudors, producida por la cadena Showtime y que narra las vicisitudes, intrigas, amoríos y venganzas en la atribulada corte de Enrique VIII de Inglaterra.

The Tudors recurda, y mucho, a Roma, aquella otra magnífica serie de la cadena HBO que recuperaba los últimos años de la República Romana. Pues bien, The Tudors tiene en común con aquella el gusto por el detalle y por los escenarios, amén de una trama que atrapa desde el primer momento y que engancha literalmente al espectador a la pantalla.La serie, hasta la fecha, consta de dos temporadas, aunque pronto hará su parición la última entrega.

Es de agradecer que en una serie escrita e interpretada por anglosajones se tenga una cierta sensibilidad por los personajes españoles. Y digo esto porque tras haber visto en películas como Elisabeth y su secuela, en las que los españoles son poco más que africanos fanatizados por la religión, en The Tudors se los presenta como al resto de europeos del momento. Interesante resulta el personaje de la reina Catalina de Aragón, a la sazón primera esposa de Enrique VIII e hija de los Reyes Católicos. No se la presenta, pese a su vida piadosa, como a una especie de inquisidora, sino como a una reina inteligente y tenaz. El único fallo, y aquí sí que se cae en el tópico, es que la actriz es morena, una concesión a la idea de que todos los españoles lo somos, mientras que en la realidad la reina Catalina era rubia. Quizá también la mandíbula de Carlos V sea algo desproporcionada, aunque el personaje del emperador está bastante logrado.

Por lo demás, el elenco de actores realizan un magnífico trabajo y presentan un apasionante fresco de los primeros años del siglos XVI en la corte inglesa. Igual que en Roma, aquí también abundan las escenas subidas de tono, pero ¿acaso no ha sido el sexo una de las constantes en la historia de los hombres?

Por otro lado, quizá se haya tirado demasiado de ordenador para recrear algunos edificios, aunque esto se entiende ante la imposibilidad de recrearlos de cualquier otra forma.

Ya en lo subjetivo, de entre todos los personajes me quedo con dos: el cardenal Wolsey y Thomas More, más conocido por todos como Tomás Moro, autor de Utopía y canciller de Enrique VIII, que prefirió la muerte antes de someter sus creencias a los caprichos de su señor.Y en esto creo que se nota la mano de un guionista católico, o al menos no protestante, porque lo cierto es que no se acaba de dejar muy bien al protestantismo, al menos el inglés.

En definitiva, una gran serie que pueden ustedes bajar de aquí. Por cierto, la serie está en V.O. subtitulada, cosa que se agradece.

 

Armas raras

Aquí les dejo una interesante producción del Canal de Historia sobre las armas más extrañas de la Segunda Guerra Mundial.

 


Armas Raras [Capitulo 1]


Armas Raras [Capitulo 2]

De cómo la democracia produjo un monstruo

De cómo la democracia produjo un monstruo

Artículo de Ian Kershaw aparecido en el diario El Mundo. 

Lo que ocurrió en Alemania en 1933 nos recuerda la necesidad de cooperar para poner coto a los perros rabiosos que puedan surgir en la política mundial antes de que se vuelvan lo suficientemente peligrosos como para empezar a morder. ¿Podría suceder otra vez algo así? Esa es invariablemente la pregunta que se viene a la cabeza cuando se recuerda que la semana pasada se cumplieron 75 años de la entrega del poder a Hitler en Alemania. Ante las grandes tensiones y la inestabilidad a las que en la actualidad se enfrenta el mundo, la pregunta parece más pertinente que nunca.

Hitler llegó al poder en una democracia dotada de una Constitución de carácter eminentemente liberal y, en parte, mediante la utilización de las libertades democráticas para socavar y posteriormente destruir la propia democracia. Esa democracia, establecida en 1919, había sido consecuencia de la derrota en una guerra mundial y de una revolución, y nunca había sido aceptada por las clases dirigentes de Alemania, de manera muy particular por el ejército, los grandes terratenientes y los sectores industriales más poderosos. Profundamente acosada por divisiones irreconciliables de carácter político, social y cultural desde un primer momento, la nueva democracia consiguió imponerse sobre las graves amenazas a su supervivencia en los primeros años de posguerra y encontró una apariencia de estabilidad entre 1924 y 1928, antes de que se la llevara por delante el hundimiento de la economía como consecuencia del estrepitoso derrumbe de Wall Street en 1929.

El aumento espectacular del apoyo popular a los nazis (2,6% de los votos en las elecciones legislativas de 1928; 18,3% en 1930 y 37,4% en julio de 1932) reflejaba el malestar, la frustración y el resentimiento, pero también las esperanzas, que Hitler fue capaz de despertar en millones de alemanes. La democracia les había fallado, eso era lo que sentían. Su país se había dividido, se había empobrecido y había sufrido una gran humillación. Hacía falta alguien que pagara el pato.

Era fácil dirigir el odio en contra de los judíos, a los que podía convertirse en representación de una imaginaria amenaza externa contra Alemania, a cargo tanto del capitalismo internacional como de los bolcheviques. Dentro del país, se asociaba a los judíos con la izquierda política (socialistas y comunistas), a la que Hitler y sus seguidores habían hecho responsable de la grave situación de Alemania.

A un tercio holgado del electorado alemán le pareció que Hitler representaba la única esperanza de volver a hacer que Alemania se pusiera en pie, que recuperara su orgullo y que se salvara como nación. En 1930 se había vuelto imposible, efectivamente, gobernar el país sin el respaldo de los nazis. Sin embargo, aunque los progresos electorales de los nazis podían bloquear la democracia, eran insuficientes para otorgarle el poder a Hitler. En consecuencia, desde 1930 Alemania entró en un estado de punto muerto permanente.

Se mantuvieron las formas democráticas. Sin embargo, la democracia como tal estaba efectivamente herida de muerte o, al menos, en estado agonizante. Las clases dirigentes contrarias a la democracia trataron de negociar algunas soluciones, pero fracasaron por culpa de la intransigencia de Hitler. En último término, al no poder encontrar ninguna otra salida con la necesaria autoridad, el presidente de la República, Paul von Hindenburg, designó a Hitler jefe del Gobierno o canciller el 30 de enero de 1933. Lo que vino a continuación llevó al desastre a Alemania y al mundo entero.

Estos acontecimientos tan alejados en el tiempo todavía dejan sentir su eco en nuestros días. En Europa, dentro de la estela del aumento de la inmigración, la gran mayoría de los países ha experimentado un cierto resurgimiento de movimientos neofascistas y racistas. No hace tanto tiempo, el nacionalismo serbio, exacerbado por el presidente Slobodan Milosevic, desencadenó una guerra y la persecución racial dentro del continente.

En la actualidad, hábiles políticos de todos los rincones del mundo también han dado pruebas de ser unos maestros en la manipulación de los sentimientos populistas y han aprovechado las estructuras democráticas para poner en pie fórmulas de gobierno personalistas y autoritarias. Poco a poco, el presidente Vladimir Putin ha encaminado en esa dirección a Rusia, un país que de manera creciente está haciendo nuevamente exhibición de su fuerza en el ámbito internacional. Asimismo, bajo la Presidencia de Hugo Chávez, Venezuela ha mostrado una clara tendencia al autoritarismo, aunque ésta ha quedado frenada, al menos parcialmente, por su derrota en el referéndum de diciembre para modificar la Constitución.

En Zimbabue, el presidente Robert Mugabe ha convertido la democracia en un gobierno personal y, de paso, ha arruinado a su país. En Pakistán, la democracia no sirve en gran medida más que de fachada a una dictadura militar, por mucho que en la actualidad el presidente Pervez Musharraf haya dejado a un lado el uniforme. Más preocupante es aún que, dentro de un sistema pluralista, el presidente Mahmud Ahmadineyad haya aprovechado el apoyo populista para lanzar a Irán hacia una política exterior llena de riesgos, aunque formalmente siga subordinado al jefe supremo de la República, el ayatolá Ali Jamenei.

Ninguno de estos ejemplos, sin embargo, guarda un paralelismo estricto con lo que ocurrió en Alemania en 1933. No cabe duda de que en Europa los movimientos neofascistas son capaces de aterrorizar a algunas minorías. Además, han logrado despertar tal resentimiento en contra de los inmigrantes que los partidos políticos mayoritarios han tenido que tomar nota de esta oleada de sentimientos.

No obstante, ante las escasas oportunidades de que se produzcan eventualidades poco previsibles como, por ejemplo, una guerra a gran escala o, quizás más improbable aún, otro hundimiento del sistema económico, los movimientos neofascistas van a seguir confinados en la periferia de la política. Por otra parte, ninguno de esos partidos -teniendo en cuenta, además, lo poco atractivas que resultan sus políticas en sus ámbitos nacionales- llega a imaginar siquiera que pueda poner en marcha una guerra de conquista con el objetivo último de hacerse con todo el poder en el mundo.

Por todas partes hay (y siempre las habrá) formas desagradables de autoritarismo (algunas de ellas, con el respaldo de gobiernos democráticos). Sin embargo, ni en la manera de apropiarse del poder ni en la manera de administrarlo se parecen mucho a Hitler los modernos gobernantes autoritarios. Organizaciones e instituciones internacionales que no existían en la Europa de entreguerras (la ONU, la Unión Europea, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional) levantan también barreras, en muchos aspectos, a aquella especie de calamidad que se apoderó de Alemania.

Es más, las democracias bajo presión pueden todavía oponer obstáculos al autoritarismo rampante. Parece como si Vladimir Putin fuera realmente a dimitir como presidente antes que arriesgarse a quebrantar la Constitución (aunque el poder efectivo seguirá probablemente en sus manos), mientras que Hugo Chávez se ha visto obligado (al menos, de momento) a renunciar a sus ambiciones de convertirse en presidente vitalicio. Incluso cuando ya Hitler había sido designado canciller, hubo que prender fuego al Reichstag [Parlamento], un mes más tarde, para poner en marcha la destrucción de los últimos vestigios de la democracia y preparar el terreno antes de hacerse con todo el poder.

Afortunadamente, lo que ocurrió en Alemania en 1933 y sus consecuencias van a seguir siendo un episodio terrible pero irrepetible en la Historia. Lo que sucedió entonces nos recuerda cuán ilusorio es dar por hecho que la democracia será siempre la alternativa elegida por una población desgarrada por una guerra, acosada por privaciones sin cuento y consumida de resentimiento ante una humillación nacional por lo que percibe como interferencias extranjeras. También nos recuerda, si es que hace falta recordarlo, la necesidad de cooperación internacional para poner coto a los perros rabiosos que puedan surgir en la política mundial antes de que se vuelvan lo suficientemente peligrosos como para empezar a morder.

Ian Kershaw es profesor de Historia moderna de la Universidad de Sheffield y autor de "Hitler, the Germans and the Final Solution" [ Hitler, los alemanes y la solución final], de próxima publicación en España.

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Exposición de arte estrusco en Barcelona

Exposición de arte estrusco en Barcelona

Artículo extraido de www.elmundo.es 

BARCELONA.- Aunque los etruscos forjaron buena parte de la Historia de las civilizaciones, sabemos bien poco sobre ellos. No es de extrañar: sus peculiaridades lingüísticas, etnográficas, políticas, religiosas y culturales les diferenciaron que cualquier pueblo de los que habitó la Italia antigua. La muestra 'Príncipes etruscos. Entre Oriente y Occidente' pretende descubrir a los visitantes una parte del misterio etrusco.

Comisariada por Anna Mira Sommella, la muestra se pasea entre figuras hieráticas y miradas fijas en ninguna parte. Gestos y posturas apacibles, como las que inspiraron 'La sonrisa etrusca' de José Luis Sampedro.

El Caixafòrum de Barcelona acoge esta exposición del 31 de enero hasta el 4 de mayo, formada por 160 piezas entre esculturas y objetos de la época. Muchas de ellas proceden del Musée du Louvre de París y otras de los principales museos arqueológicos italianos.

Por mi parte decir que hace poco tiempo leí un artículo que vinculaba a etruscos e íberos a tenor de las similitudes de algunas creencias relacionadas con la vida después de la muerte y ciertos parecidos lingüísticos (no se ha conseguido traducir ninguna de estas lenguas). Por lo que se refiere a la religión, etruscos e íberos adoraban a una deidad femenina que vivía en el inframundo (subterraneo) y creían que después de la muerte los difuntos bajaban a esta región debajo de la tierra y debían de cruzar un río también subterraneo. Estas creencias tienen puntos de contacto con la religión griega (el Hades, el rio Estigio), por lo que algunos deducen que se trata de una creencia heredada de alguna religión primitiva y común. También se rendía culto a los "genis locus" o deidades del lugar.  

 

El guerrero godo

El guerrero godo

Mucha gente cree que los pueblos germánicos que invadieron el Imperio Romano de Occidente a finales del siglo V eran una especie de salvajes. Lo cierto es que, en la mayoría de casos, se trataba de naciones con una larga historia de relaciones con Roma. De estos contactos, los pueblos germánicos aprendieron nuevas tácticas militares, perfeccionaron su armamento y, lo que es más importante, modificaron sustancialmente su cultutura. Así, cuando los "barbaros" se instalan en los dominios occidentales del imperio ya se han convertido al cristianismo en alguna de sus variantes (como el arrianismo en el caso de los godos) y hablan fluidamente el latín. De hecho, en contra de la creencia popular, estos pueblos no querían acabar con Roma, sino convertirse en Roma. El prestigio del aimperio era todavía muy grande a finales del siglo V y su forma de vida inspiraba admiración entre los bárbaros.

El caso de los godos (ostrogodos y visigopdos) es paradigmático. Se cree que este pueblo germánico partió de escandinavia o de la costa báltica durante algún momento del siglo I. En su largo periplo, lo godos lucharon contra y con roma. Así, los godos vencieron al emperador romano Valente I en Adrianóplis en 378. es en esta época cuando se produce la división entre visigodos y ostrogodos (godos del este y del oeste). Los visigodos llegaron, incluso, a saquear roma en 470 bajo el mando del rey Alarico.

Posteriormente, los visigodos llegaron a ser tropas federadas de Roma, luchando incluso contra los Hunos, a quienes derrotaron, en un campo de batalla de los Campos Cataláunicos.

La historia de los godos es compleja y continúa todavía algunos siglos más. Con esto he querido hacer un breve y esquemática intruducción para ilustrar la imagen de arriba. En ella podemos hacernos una idea del vestuario de un soldado de infantería godo del siglo V. Se puede apreciar claramente cómo el vestuario y armamento del los pueblos germánicos influyó decisivamente en el de los guerreros medievales. Hay que añadir que, a su vez, y como ya se ha dicho, los bárbaros también recibieron una notable influencia romana.

En la imagen se aprecia que el armamento estandar consiste en jabalinas, daga, "espata" de hoja larga, escudo de madera forrado y casco. Los nobles godos también portaban costosas cotas de malla para completar su protección.  También pueden apreciarse fíbulas y adornos de metal, bellos objetos que fabricaban con gran delicadeza y saber hacer.

El Puente de Alcántara

El Puente de Alcántara

Después del largo y merecido paréntesis navideño regresa el autor a la actividad. A petición de un lector de este blog, que me pedía que le recomendara una novela histórica ambientada en la Europa medieval, voy a hablarles de una verdadera joya literaria. Sin dudarlo ni un instante me ha venido a la cabeza El Puente de Alcántara, del alemán Frank Bauer. Se trata de una del as mejores novelas históricas que he tenido el placer de leer. La historia se desarrolla en la España del siglo XI, caracterizada por la presencia de distintos reinos de Taifas surgidos tras el colapso del califato de Córdoba y su interacción con los distintos reinos cristianos del norte. Tres personajes; un poeta árabe, un médico judío y un joven escudero crisitano verán inextricablemente unidas sus vidas entre los avatares de una época convulsa.

El libro narra magistralmente un periodo apasionante de la historia española. Un tiempo de guerras y consolidación de los reinos cristianos y de incipiente declive de la potencia musulmana en la península. A través de distitnos escenarios que van de la toma de Monzón por los crisitianos al palacio de Al-Mutamid de Sevilla, los protagonistas se verán inmersos en las intrigas y guerras del momento. Pese a todo, una amistad sincera surgirá entre tres hombres de culturas diferentes. En sus páginas no falta el amor, el sexo, la política y la guerra, todo ello magistralmente descrito por Bauer.

El Puente de Alcántara es un libro denso pero ágil, académicamente intachable a la par que ameno. Creo que no exagero cuando digo que estamos ante una de las mejores novelas históricas escritas en la actualidad. No en vano el autor (filólogo de formación) declara haber pasado más de cinco añosdocumentándose para escribirla.

Aníbal

Aníbal

Por un asunto que ya comentaré más adelante llevo un tiempo sumergido en los avatares de las Guerras Púnicas, en especial de la segunda. Pues bien, hace un par de meses compré en la Feria del Libro de Ocasión de Barcelona una serie de novelas históricas publicadas un par de años atrás por El País. Entre ellas estaba Anibal, obra del alemán Gisbert Haefs. El nombre de la novela ya deja muy claro el contenido del libro, aunque he de reconocer que Haefs va mucho más allá que la simple descripción de la vida del estratega púnico.

De hecho, Anibal es casi un personaje secundario, ya que el que narra la historia es un meteco (habitante sin derechos políticos; es decir, no podía elegir ni ser elegido para cargos públicos) heleno de Cartago llamado Antígono. Así, el griego traza un retrato de un Aníbal valiente y dotado de una inteligencia y astucia sobresalientes. Rasgos que en parte hereda de la figura de Amílcar, su padre. Los bárcidas, esa familia que tuvo en jaque a Roma se erige como la única capaz de salvar a Cartago del desastre. Como en toda novela tiene que existir un villano, y en esta el papel recae en Hanón, un pérfido sacerdote de Baal empeñado en hacer fracasar los palnes de Amícar primero y Aníbal después. Pero eso ya entre dentro de la trama y no quisiera revelar más de lo necesario.

La novela es una mezcla perfecta de intriga, aventuras, batallas y cierta dosis destacble de imaginación. Se nota que el autor ha leído las Vidas Paralelas de Plutarco, el Salambó de Flaubert y una cantidad considerable de historiografía sobre la época.

El único pero que le pondría al libro, si es que se puede decir así, es que el autor demoniza en exceso a Roma. Así, Haefs describe a éste como una civilización militarista empeñada en hacer desaparecer de la faz de la tierra a sus adversarios. Y en cierto modo fue así, pero en contraposición los cartagineses son retratados como una especie de hermanitas de la caridad, liberales, tolerantes con los pueblos que someten e interesados únicamente en el comercio. Ni una cosa ni la otra son totalmente ciertas. Roma, además de conquistar también construyó, fomentó la cultura, introdujo el Derecho y construyó, en definitiva, la base sobre la que se erigiría más tarde el mundo occidental. Por su parte, Cartago sometió a sangre y fuego a pueblos indígenas a los que impuso impuestos y levas forzosas.

Pese a todo, Anibal es una colosal novela histórica en la que se retrata un pueblo, el cartaginés, opulento y sabio. Cartago fue durante algunos siglos la Nueva York de la época, una ciudad fastuosa donde gentes de todo el Mediterráneo acudían para comerciar e intercambiar conocimientos. Esto queda perfectamente retratado en la novela. Más aún, Haefs consigue tomar el pulso de una época apasionante en la que se decidió el futuro la humanidad.

Como anécdota diré que, en mi calidad de lector español, me causó cierto sentimiento de orgullo el ver aparecer una vez tras otra a orgullosos y valientes guerreros íberos. Unos soldados que, junto a númidas y galos, plantaron cara y vencireon en numerosas ocasiones a las disciplinadas legiones romanas.

En definitiva, recomiendo encarecidamente la lectura de sus 615 páginas. Por cierto, el autor incluye al final del libro un glosario y una cronología que resultan en extremo útiles para seguir la lectura con fluidez.

Barkeno

Los barceloneses nos orgullecemos de haber nacido en una ciudad con más de 2.000 años de historia. La Barcino romana, aunque lo correcto sería llamarla Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino fue creada sobre el llamado Mons Taber (una elevación cerca de la costa) entre los años 15 y 10 a.C. en el marco de la reorganización territorial ordenada por Augusto. Por otro lado mucho se ha especulado sobre el origen cartaginés de la ciudad. Lo cierto es que previamente existió un asentamiento fortificado conocido con el nombre de Barkeno (en la actual Ciutat Vella) que acuñó monedas desde el siglo III a.C., (aunque dejó de hacerlo después de la resstructuración romana del territorio y no volvió a acuñar hasta el siglo V de nuestra era). De ahí se ha inferido la relación con el estratega cartaginés Amílcar Barca con el asentamiento, quien lo fundaría sobre el 230 a.C... Cabe señalar que, aunque el uso de sobrenombres entre los púnicos era poco frecuente, el sobrenombre Barca parece proceder de la palabra fenicia BRK (barak, ya que el fenicio carecía de vocales), que significa “relámpago”. Como curiosidad, en hebreo se sigue utilizando la misma palabra con idéntico significado. Los romanos convertirían el barak en Barca; un apodo más que adecuado para el genio militar de Amílcar.

También se tiene constancia es de un asentamiento íbero (laietano para más señas) conocido como Layesken y que estaba situado en la montaña de Montjuic. Este poblado acuñó monedas desde el siglo II a.C..

Los presos de la Cárcel Real

Les paso un curioso artículo de Arturo Pérez Reverte sobre un episodio del celbérrimo y próximamente conmemorado "Dos de Mayo".

 

Hoy vamos de historieta histórica, si me permiten. Merece la pena. En los últimos tiempos, y por razones de trabajo, me he visto entre libros y documentos bicentenarios, de esos que a veces estremecen y otras te dejan una sonrisilla cómplice cuando proyectas, sobre la prosa fría del documento, imaginación suficiente para revivir el asunto. El de hoy se refiere al dos de mayo de 1808, cuando Madrid estaba en plena pajarraca insurreccional contra las tropas francesas. Es rigurosamente verídico, aunque parezca esperpento propio de una película de Berlanga. Y es que, a veces, también la España negra tiene su puntito.

Todo empezó con una carta escrita a media mañana, cuando la ciudad era un tiroteo de punta a punta, la gente sublevada peleaba donde podía, y la caballería francesa cargaba contra paisanos armados con navajas en la puerta del Sol y la puerta de Toledo. La carta iba dirigida al director de la Cárcel Real de Madrid –situada junto a la plaza Mayor, hoy sede del ministerio de Asuntos Exteriores– por Francisco Xavier Cayón, uno de los reclusos, y estaba escrita en nombre de sus compañeros: «Abiendo advertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja armas y munisiones para la defensa de la Patria y del Rey, suplica, bajo juramento de volber a prisión con sus compañeros, se les ponga en libertad para ir a esponer su vida contra los estranjeros». Entregada al carcelero jefe Félix Ángel, la solicitud llegó a manos del director. Y lo asombroso es que, en vista del panorama y de que los presos, ya artillados de hierros afilados, tostones y palos, estaban montando una bronca de órdago, se les dejó salir a la calle bajo palabra. Tal cual.

Ahora imagínense el cuadro. Sin mucho esfuerzo, porque la Historia conservó los pormenores del episodio. De los noventa y cuatro reclusos, treinta y ocho prefirieron quedarse en el estarivel, a salvo con los boquis, y cincuenta y seis caimanes se echaron al mundo. Eran, claro, lo más fino de cada casa: gente del bronce y de puñalada fácil, chanfaina de los barrios crudos del Rastro, Lavapiés y el Barquillo, brecheros, afufadores, jaques de putas, Monipodios, Rinconetes, Cortadillos, Pasamontes y otras prendas, incluido un pastor de cabras que había dado unas cuantas mojadas a un tabernero por aguarle el morapio. Y, bueno. Como digo, salieron. De estampía. Lástima de foto que nadie les hizo. Porque menuda escena. Ignoro cuántas ermitas visitaron de camino aquellos ciudadanos para entonarse de uvas antes de la faena; pero unos franchutes, que manejaban en la plaza Mayor un cañón con el que hacían fuego hacia la calle de Toledo, vieron caerles encima una jábega de energúmenos morenos, patilludos, tatuados y vociferantes, que a los gritos de «¡Viva el rey!» y «¡Muerte a los gabachos!» se los pasaron literalmente por la piedra de amolar, dándole ajo a siete. En pleno escabeche, por cierto, se incorporó a la peña otro preso del talego del Puente Viejo de Toledo, que se había abierto sin ruegos ni instancias, por la cara. Se llamaba Mariano Córdova, era natural de Arequipa, Perú, y tenía veinte años. Venía buscando gresca y se les unió con entusiasmo. Ya se sabe: Dios los cría.

El zafarrancho de la plaza Mayor duró un rato, y tuvo su aquel. Los presos dieron la vuelta al cañón de los malos y le arrimaron candela a un escuadrón de caballería de la Guardia Imperial que cargaba desde la puerta del Sol. Al cabo, faltos de munición, inutilizaron el cañón y se desparramaron por las callejuelas del barrio, cachicuerna en mano, buscándose la vida. Entre carreras, navajazos y descargas francesas, palmaron el peruano Córdova y el ilustre manolo del barrio de la Paloma Francisco Pico Fernández. Su compañero Domingo Palén resultó descosido de asaduras y acabó en el Hospital General, y dos presos más se dieron por desaparecidos y, según los testigos, por fiambres. Pero lo más bonito, lo pintoresco del colorín colorado de esta singular historia, es que, de los cincuenta y dos restantes, sólo uno faltó al recuento final. Entre aquella noche y la mañana del día siguiente, cincuenta y un cofrades regresaron a la Cárcel Real, solos o en pequeños grupos. Me gusta imaginar a los últimos llegando al alba –alguno visitaría antes a la parienta, supongo– exhaustos, ensangrentados, provistos de armas y despojos de franceses, con los bolsillos llenos de anillos, monedas gabachas, dientes de oro y otros detallitos, tras haber hecho concienzudo alto en cuantas tabernas hallaron de camino. Con una sonrisa satisfecha y feroz pintada en el careto, supongo. Cincuenta y un presos de vuelta, y uno sólo declarado prófugo. Cumpliendo como caballeros, ya ven. Gente de palabra.

Great Battles of Rome

 



Que los videojuegos se han convertido en un referente cultural de nuestro tiempo es algo que muy pocos discuten. De hecho, hace poco vi en el Canal de Historia un reportaje sobre la historia de éstos desde finales de los años 60. Pues bien, hace ya algún tiempo que estan de moda algunos simuladores tácticos como las sagas del Age of Empires o las de Imperium, ambas con un marcado transfondo histórico.

Esta vez les voy a hablar de un simulador táctico para Playstation 2 realizado en colaboración con el ya mencionado Canal de Historia. Bajo el título Great Battles of Rome, este juego nos pone en el papael de un general romano (o bárbaro si se prefiere). En el modo campaña, el jugador deberá ganar las batallas decisivas o las simples escaramuzas que marcaron el devenir del Estado Romano. Así, desde las Guerras Samnitas hasta la defensa del Imperio de los pueblos bárbaros pasando por la mítica batalla de Cannae, el jugador repasa los episodios bélicos más importantes de la historia romana.

Cabe señalar que el juego está ilustrado con vídeos del History Channel, lo que contribuye sibremanera a meterse en la historia. Por otra parte, Great Battles of Rome es un verdadero simulador, ya que el jugador puede mover unidades enteras y hacerlas hacer maniobras clásicas como movimientos envolventes, ataques directos, etc. Si uno está familiarizado con la historia militar puede recrear la estrategia con la que, por ejemplo, César derrotó a los galos en Alesia.

Aunque la parte gráfica no es su punto fuerte, ya que los gráficos no son nada del otro mundo, la jugabilidad es impresionante. También se echa en falta un ratón, ya que haría que el juego ganase en agilidad (el pad resulta a veces algo farragoso).

En definitiva, un gran juego con el que pasar horas imaginando ser Publio Cornelio Escipión. Si les sirve de algo, yo estoy disfrutando como un enano.


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La Última Legión

La Última Legión

Y ya que hablamos de romanos, hoy me gustaría comentar una novela y su consiguiente adaptación cinematográfica.

Hace un par de años, mientras daba una vuelta por el FNAC, cayó en mis manos una novela de Valerio Massimo Mamfredi. Conocía al autor por la saga de Alexandros, de la que sólo he leído la primera parte pero que me causó muy buena impresión (tengo pendiente el resto de la colección). Pues bien, el libro en cuestión se titulaba La Última Legión y, según leí en la contraportada, narraba la historia de la última legión romana allá por el año 476 d.C..

He de decir que la novela me impresionó, y no porque fuera leal a la sinopsis que había leído, sino por la imaginación con la que Mamfredi unía dos episodios tan aparentemente inconexos como el destino de Rómulo Augusto, el niño que fue último emperador de occidente, y la leyenda del rey Arturo. Sobre unos cimientos históricos, Mamfredi fabula la posible historia de este pequeño emperador exiliado en el otro extremo del mundo.

Sin duda, el autor, arqueólogo y experto en Historia Antigua, estaba al corriente de los últimos hallazgos arqueológicos encontrados en Inglaterra y que vienen a corroborar el trasfondo histórico que subyace tras la leyenda de Arturo. Si me permiten el excurso les diré que, al parecer, a finales del siglo V apareció en Britania un caudillo llamado Aureliano Ambrosinus que estableció un pequeño reino (¿Camelot?) y lo defendió contra los invasores bárbaros. Ambrosinus fue conocido como solus romanae gentis (el último de los romanos) y se supone que fue el fundamento sobre el que el que se construyó la leyenda.

Esta historia también fue recogida recientemente por el film El Rey Arturo, en el que Artús es un oficial romano atrapado en Britania junto con sus caballeros sármatas (tropas auxiliares romanas) que decide defender a su tierra de los sajones (aunque éstos, en realidad, llegaron un siglo más tarde). De todas formas, esta película no resuleve tan bien hechos como el por qué Arturo era conocido como Pendragon (el hijo del Dragón) y de dónde procede la mítica espada Excálibur (y aquí sí que me quito el somnrero ante Mamfredi).

Volviendo al libro, el autor urde una trama que queda revelada magistralmente en al última página de la novela. No voy aquí a desvelar la historia, ya he adelantado suficiente y más datos acabarían con el encanto y la sorpresa del avezado lector. Lo que sí diré es que se trata de una magnífica novela ambientada en una época apasionante y poco conocida.

Si bien el libro es altamente aconsejable, la película, como ocurre casi siempre en estos casos, sacrifica demasiados episodios para dar cabida, en una hora y media, a las aventuras del jóven Rómulo y sus amigos. Ello se traduce en que, muchas veces, la historia de los personajes queda un poco diluida. Así, el personaje de Aurelio se transforma en la película en un general romano, mientras que en el libro es un aguerrido veterano legionario de la Legio Invicta. Por lo demás, se trata de una película entretenida. Eso sí, como viene siendo habitual en estas películas, los uniformes romanos son los típicos del Alto Imperio.

ROMA

ROMA

Me pide un lector que haga una valoración de la serie de televisión Roma, emitida por Cuatro hace un par de temporadas.

En mi modesta opinión, se trata de una serie fantástica. No en vano la BBC (que la coproduce junto a la cadena estadounidense HBO) posee un departamento exclusivo para series históricas. Más; esta dirigido, si mal no recuerdo, por un historiador. Los más veteranos de ustedes recordarán la magnífica Yo Claudio. Estaba inspirada en las soberbias Yo Claudio y Claudio el Dios y su esposa Mesalina del gran John Graves. Haciendo un inciso, les diré que fue una de mis primeras lecturas postadolescentes y gracias a ella, entre otras cosas, creció mi amor por la Historia.

Bien, Roma es, a mi modo de entender,una digna sucesora de la primera. Como historiador me sorprendió gratamente la forma en que se mostraba la vida cotidiana en la Roma tardorepublicana. Así, un aspecto menor pero al que le doy mucha importancia en este tipo de filmes es el del vestuario. Algunos de ustedes se habrán dado cuente de que, por ejemplo, en la mayoría de “peplums” y películas históricas ambientadas en la antigua Roma, los legionarios romanos siempre visten la misma armadura. Para que se hagan una idea es la misma armadura que aparece en los cómics de Astérix. Dicha protección recibe el nombre de lóriga segmentata, por estar compuesta de tiras de metal unidas. Pues bien, esta armadura fue de uso corriente a finales del siglo I d.C.. Con anterioridad, y, para ser más exactos, en la época de César, los legionarios vestían cota de malla. Este aspecto quedó bien retratado en la serie, en la que el rigor alcanza a los escudos (ovalados) y los cascos (más sencillos).

Otro aspecto que me llamó la atención de la serie fue el de los decorados. La imagen de una Roma de mármol blanco, igual que la de una Acrópolis ateniense también blanca, es errónea. A los antiguos les gustaba pintar los edificios de colores chillones y vestir las estatuas con ropajes abigarrados. Es más, en la época de César, Roma era una ciudad sucia (aunque limpias para los estándares de la época) en la que abundaban los grafitis. Prueba de ello son los restos arqueológicos encontrados en Pompeya, en los que aparecen pintadas de todo tipo, algunas de las cuales son claramente pornográficas. Este hecho también se recoge con bastante fidelidad en la serie.

Por otro lado, los guionistas han representado fielmente las luchas de poder entre los patricios romanos. También se observa con mucha fidelidad la relación existente entre “clientes” y “dominus”.Este sistema clientelar ha pervivido en muchos rincones del mundo y es, por ejemplo, el mismo sobre el que se sustenta la mafia (en cuanto a relaciones clientelares, se entiende).

Por otra parte, el pulso de la época se plasma en la relación del republicano Lucio Voreno con el, digamos “reformista”, Julio César. Aquí se deja n ver el final de una época y el principio de otra, ya que el propio Voreno acaba por ser una marioneta de César.Además, la vida íntima, algo disoluta, que practicaban los romanos queda perfectamente reflejada en una numerosa serie de escenas sexuales.

Creo, en definitiva, que se trata de una gran serie. Claro que para ello hace falta un gran presupuesto y un excelente elenco de actores. La larga tradición de la BBC en este tipo de producciones se pone de manifiesto en Roma, una serie que aconsejaría a cualquier amigo mío, con independencia de si le gusta la Historia o no. Y es que, además, el ritmo es trepidante; repleto de intriga, sexo y violencia. La gran contribución de esta serie es hacernos ver que apenas hemos cambiado en los últimos 2.000 años y que gran parte de lo que somos se lo debemos a aquellos romanos lujuriosos.

Por último, me gustaría decir que en Cataluña se intentó hacer algo similar con una serie titulada Vía Augusta. La falta de medios y unos guiones muy flojos dieron como resultado un pastiche falto de interés. Una lástima.

POr cierto, parece que la segunda temporada de Roma está al caer.


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